Un viaje con la Muerte


 
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Daniel era en ese entonces un muchacho que como todos los de su edad, acostumbraba ir a otros pueblos a ver a las jóvenes.

Ese
día era la fiesta de uno de los poblados cercanos por lo que fue en
busca de sus amigos con quienes había quedado de verse. Ellos tenían
novia en ese lugar y él, un tanto tímido, solo quedaba en la intención
y se tenía que conformar con esperarlos hasta que ellas se fueran a su
casa y ellos a encontrarse con él aunque, eso sí, le encantaba
acompañarlos.

La
plaza del pequeño pueblo no era muy grande y la de gente de allí
acostumbraba caminar alrededor del pequeño kiosco: Las mujeres en un
sentido y los hombres en otro, de tal forma que inevitablemente se
encontraban de frente unos con otros.

Francisco
y Luis eran sus amigos -en realidad unos muy buenos amigos- y el trío
de jóvenes eran cómplices en travesuras y aventuras. De vez en cuando
surgía una pequeña discusión entre ellos y se molestaban , pero siempre
terminaban buscándose.



Eran las cinco de la tarde y Daniel llegó al portal de la casa de Sabino a la salida del pueblo donde habían quedado verse.

-Hola Luis, buenas tardes, ¿no ha llegado Pancho verdad?

-Pues
no, ya tengo esperándolos desde hace rato. ¡Quedamos que nos veríamos a
las tres y media pues hay que llegar temprano! ¿porque siempre tardan
tanto?

-¡Ya
hombre, no exageres, allá viene Francisco!, además, si llegamos
temprano siempre hemos de esperarte pues te arreglas mas que mis
hermanas.

Francisco llegó agitado y disculpapándose y se fueron caminando rumbo a la salida del pueblo.

El
pequeño poblado tenía cuatro salidas, una a cada punto cardinal. La de
norte y sur eran las que comunicaban con la mayoría de los lugares
cercanos y salían a los caminos mas recientes; las las de oeste y este
eran los caminos viejos a los que llamaban camino real y eran las
salidas principales de tiempos de las haciendas. Esos dos caminos otrora empedrados eran ahora unos caminos descuidados, bordeados con unas gruesas cercas de piedra de aproximademente
unos cuatro metros de espesor. Eran caminos anchos y llenos de curvas
que subían pequeñas cuestas. Estaban bordeados de añosos árboles en
algunos lugares y pasaban bajo altos peñascos que daban cierto toque de
tétricos cuando caía el sol y empezaba a salir la luna

En tiempos de las haciendas servían para comunicarse entre sí: Era común ver a los caporales
de estas arreando un gran hato de vacas y una gran manada de caballos,
pero ahora, solamente quedaban los relatos de esto de los abuelos junto
con los recuerdos de aquellos tiempos que pasaban relinchando como
potros salvajes en sus cabezas con claros hilos de plata.

Así se fueron bromeando, aveces correteando entre sí, otras dejando escapar feos improperios de sus bocas.

Apenas andaban por los 15 años.



Llegaron
temprano al poblado y se dirigieron a la plaza. Todo era bullicio y
vendimia y la plaza estaba repleta de gente. En las calles aledañas a
esta encontraban puestos de todo tipo: De frituras, dulces, tacos,
tamales… mas allá, frente a la iglesia de arquitectura barroca se veía
la rueda de la fortuna y el resto de los juegos mecánicos.

Pedro y Francisco habían quedado de verse con sus novias en la puerta de la iglesia así que se dirigieron allí. Daniel
se sentó en una banca de la plaza y se puso a ver el lento caminar de
la gente. Algunas muchachas le sonreían pero él tímidamente bajaba la
cabeza y clavaba la mirada en el piso de adoquín… era demasiado tímido.

Pasaron
las horas, llegó el momento que debían regresar pero sus amigos no
llegaban. Estaba aburrido y durante todo el tiempo se conformó con
mirar pasar a las muchachas que le sonreían: Eso era suficiente para el
y pensaba que a pesar de todo se había divertido.

Un
tanto molesto porque sus amigos tardaba prefirió tomar el regreso solo,
ellos estaban con sus novias y seguramente tardarían mucho mas, los
comprendía pero el ya se había aburrido.

Se
levantó y se fue caminando lentamente por entre las calles empedradas
del lugar, guiando sus pasos a la carretera. Si regresaría solo era
mejor y mas seguro hacerlo por la carretera aunque tal vez tardaría mas.

Al llegar a esta se fue caminando por la orilla.

Tenía
diez minutos que había dejado atrás el poblado y caminaba sumido en sus
recuerdos. -¡Cuantas chicas me sonrieron el día de hoy- pensaba.

De
pronto, a lo lejos vio que se paró un coche con la luz interior
encendida: No dio importancia y continuó su tranquilo caminar bajo el
cielo estrellado de una tranquila noche. Sintió un vuelco en el pecho
pero tampoco dio importancia.



Al
llegar al coche vio a una hermosa mujer ya madura, de unos treinta años
mas o menos. Un vestido negro cubría su cuerpo y un velo del mismo
color que hacía de mascada tapaba su cuello aunque dejando ver parte de
sus pechos. Su pelo era mas negro que la noche, corto; su piel era muy
blanca y tenía unos enormes y bellos ojos negros y profundos adornados
por grandes pestañas. Tenía unos labios hermosos rojos y delgados en
los que se dibujaba una bella sonrisa que mostraban unos dientes
perfectos y blancos.

Daniel bajó la mirada como siempre lo hacía y continuó su marcha.

La puerta del coche estaba abierta y dejaba ver unos pies y unas piernas hermosas.

-Ven, muchacho- le dijo.

El jovencito
desconcertado paró y regresó: No entendía que podía necesitar de el una
mujer así, posiblemente su coche se había descompuesto pero, ¿qué podía
saber el de eso ?

-¿A donde vas caminando solo bajo la noche? ¡es peligroso el lugar y más para un jovencito como tú!.

-Voy a la Hacienda del Molino, es mi pueblo, vengo de Tiríndaro. Fui con mis amigos pero ellos no llegaron y preferí regresar yo solo. ¿Que mas puedo hacer?

-Está muy lejos ese lugar y es peligrosa la noche -respondió ella- ¿quieres que te deje a la entrada?.

El
muchacho subió al coche sin saber qué contestar pues las palabras no
salían de sus labios. Solo atinaba a mirar las torneadas piernas de la
mujer que le inspiró intranquilidad y deseo.

Las
palabras de la mujer eran dulces, pausadas y le infundían confianza
pero el deseo era mucho al solo verla y su corazón estaba acelerado. No
atinaba a decir nada en lo absoluto impactado por la mujer y por como
se sucedían las cosas para el.

Ella
levantó más el vestido dejando ver unos muslos blancos y hermosos, le
tomó la mano izquierda y se la colocó en la entrepierna. El muchacho
sentía morir de deseo y no se pudo resistir.

-¿Como
puedo estar yo con una mujer tan hermosa, madura y que me trata de esta
forma…? ¡Qué suerte tengo, cuando cuente esto a los muchachos no me
creerán!

Un poco mas adelante la mujer paró el coche a la orilla de la carretera solitaria.

El
silencio era tal que solamente se escuchaba la respiración agitada de
ambos. A lo lejos se escuchaba el canto de una lechuza que revoloteaba
entre las ramas del árbol bajo el cual se habían estacionado.

Las
manos del muchacho recorrían el cuerpo tibio de la mujer con emoción y
escuchaba su propio latido y el jadeo de ella, no sabía describir sus
sensaciones y pensaba que eso era lo mejor que le podía estar
ocurriendo. Así pasó a ser hombre con el cuerpo hermoso de una bella
mujer desconocida.

Se apartó lentamente, un poco avergonzado por lo que había ocurrido.

-No
te sientas así- le dijo ella al oído-, ya eres un hombre y me da mucho
gusto haber sido yo la primera mujer en tu vida pero también seré la
ultima que estará contigo cuando tengas que irte de este mundo, tenlo por seguro.

El muchacho sintió un horrible escalofrío, ella lo atrajo ante sí y lo abrazó.

Dame el último beso de esta noche -musitó la hermosa mujer.



El muchacho cerró los ojos y la abrazó emocionado sintiendo en el pecho una extraña sensación.

Sus labios se toparon con una repugnante boca parcialmente desdentada y con un fétido aliento.

Abrió
sus párpados y lleno de pavor vio una cara descarnada con unos ojos
enrojecidos a punto de salirse de unas profundas cuencas que lo miraban
fijamente como si quisieran penetrarlo, no pudo soportar mas y perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente despertó a la orilla del camino de la entrada del pueblo y cubierto con un velo velo rojo.


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