¿Cómo practicaban el sexo en la prehistoria?


El primer amor
¿Tenían orgasmos los Australopithecus?
¿Se enamoraban los neandertales? De la mano de Juan Luis Arsuaga recreamos, en exclusiva, la sexualidad de los primeros humanos.

Después de un banquete caníbal
La ilustración recrea el encuentro sexual entre los dos protagonistas de este artículo, los Homo antecessor Oxun y Saboaba. Saboaba tiene las manos y la boca manchadas de sangre porque regresa de un acto caníbal. En el nivel T6 de la Gran
Colina se han encontrado huesos de dos niños, dos adolescentes y dos adultos. Sus restos aparecieron troceados, con marcas de descarnado y golpes producidos con utensilios de piedra. La conclusión del estudio de estos fósiles humanos es que en aquel campamento se practicó un canibalismo que carecía de intención ritual. Es muy probable que un grupo de homínidos cazara y diera muerte a otro grupo, que luego devoraron en un acto de puro canibalismo gastronómico; y uno de ellos pudo ser Saboaba. Aquellos hombres no conocían el fuego, por lo que debían comer la carne cruda; ni vivían en cuevas, aunque las utilizasen para guarecerse y fabricar utensilios. Físicamente se parecían mucho a nosotros. Los hombres eran robustos y medían entre 1,70 y 1,80 m. Por entonces, según Juan Luis Arsuaga, las prácticas sexuales ya propiciaban el amor entre las parejas.

Al penetrar a Oxun, Saboaba aún tenía las manos y la boca manchados de sangre. Antes de la puesta de sol, los hombres llegaron desde la Gran Dolina con el corazón bombeando como un tambor excitado. Durante varias horas, en un festival
caníbal, habían desgarrado con ayuda de afiladas piedras y sus propios dientes la carne de seis miembros de otra tribu. Entre ellos había dos niños. Saboaba guardó un pedazo de carne fresca para entregárselo a Oxun, que le esperaba. Ella le dio a cambio algunos frutos recién recolectados. Saboaba era más corpulento que Oxun y, en su desnudez, ella buscaba el calor de aquel macho vigoroso de casi 1,80 m de estatura. Saboaba y Oxun copulaban tres y cuatro veces cada día, durante todo el año, y siempre lo hacían mirándose a los ojos. Aquella noche, el placer del orgasmo elevó a las estrellas el grito de Oxun, y Saboaba se estremeció apretando con sus manos las deleitosas caderas de su hembra. Un olivo silvestre, en la ladera del río, fue el escenario de su amor durante cuatro años, el tiempo en que nació y creció su hijo. Después, Saboaba se marchó. En aquellos días, hace 800.000 años, el ambiente era húmedo y cálido en Atapuerca…

Pudo ocurrir allí o en cualquier otro lugar del pequeño mundo habitado por homínidos, pero lo cierto es que una cópula como la narrada fue el origen de un linaje que ha llegado hasta nuestros días. Así era el sexo entre aquellos primeros humanos.

Para descubrirlo nos reunimos con el antropólogo y coodirector del proyecto Atapuerca Juan Luis Arsuaga, con algunas preguntas “indecorosas” en el bloc de notas: ¿Tenían orgasmos los Australopithecus? ¿Copulaban salvajemente? ¿Se besaban? ¿el Homo antecessor era fiel? ¿Cada cuánto tiempo hacían el amor? ¿Parían sin ayuda?

 

Ella siempre tiene ganas
Arsuaga explica, para empezar y para nuestra sorpresa, que aquellos homínidos que poblaban la sierra burgalesa de Atapuerca se enamoraban. La pista para llegar a esta romántica conclusión está en la propia biología humana. “Las hembras de nuestra especie”, explica Arsuaga, “son las únicas que no manifiestan señales específicas cuando están ovulando (ocultación del estro). Las chimpancés son sexualmente receptivas (y tremendamente promiscuas) solo cuando son fértiles, algo que no ocurre en los humanos. Las hembras de los primeros homínidos tenían, como ahora, una disposición permanente al sexo. Si no fuera así, y nuestra sexualidad imitara la de los chimpancés, la hembra estaría receptiva solo un mes cada cuatro años, y el resto del tiempo lo dedicaría al embarazo y la lactancia hasta el destete (período durante el cual, cuando hay escasez de recursos y, por tanto, de aporte de energía, las mujeres no ovulan). ¿Qué pasaría si esto fuera así? Pues que no habría vida sexual durante cuatro años, algo que, desde luego, no favorecería la estabilidad de la pareja”.

Y bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el amor? Con su disposición permanente al sexo, la hembra homínida “conseguía” que su pareja se quedara a su lado y no tuviera que andar a la gresca con otros machos para obtener un desahogo y, de paso, que colaborara en la protección y el cuidado de las crías que tenían en común. Algo imprescindible a medida que el período de desarrollo de un niño se prolongaba. “Hay una colección única para estudiar todo esto, que es la Sima de los Huesos, en Atapuerca”, apunta Arsuaga. “Aquí ya vemos que   el tiempo de infancia era más largo que el de los chimpancés. Con lo cual, yo diría que las poblaciones de Homo heidelbergensis, de hace medio millón de años, tenían una biología social en dos niveles. Por un lado, un grupo formado por muchos machos y muchas hembras –se juntan y se separan, según estaciones y recursos–, y por otro lado, parejas estables, familias constituidas por una mujer, un hombre y los hijos pequeños o dependientes, descendientes del hombre que está con la mujer”.

Así pues, venimos de antepasados fieles, al menos hasta que las crías tenían edad de valerse por sí mismas. Pero desatemos a ese voyeur que llevamos dentro y descubramos un detalle algo más íntimo. ¿Cómo copulaban?

 

2 responses to this post.

  1. Posted by antonio on 19 agosto, 2009 at 17:57

    1SALUDOMe he tomado la licencia de copiarte el dibujo para un artículo que he publicado en mi bloghttp://adracul.wordpress.com/2009/08/19/sexo-en-la-prehistoria/El dibujo está linkeado hacia aquí.Si existiese algún problema, hacermelo saber y lo quitaré.Gracias;

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