La caída, una anécdota para compartir.


___________________________________________________________________________________________________________________________________


 

 

Nuestra vida, desde su inicio, está llena de problemas y eventos de todo tipo: Al momento de que estos suceden sentimos dolor, vergüenza o pena. Sin embargo todo pasa tarde o temprano y después de una gran tempestad la calma llega de forma invariable, y esas cosas, con el paso del tiempo, nos causan risa y aunque se adueñan del recuerdo nos gusta recordar. La casa del estudiante donde viví en mis tiempos universitarios fue un lugar de muchos eventos importantes de mi existencia y los hubo de todo tipo. A veces los problemas parecían insuperables y la incertidumbre del día siguiente me acompañaban día tras día; otras, el optimismo y la alegría no se alejaban de mí un solo instante.
En ese entonces había una casa varonil y otra femenil: El comedor común de ambas

secciones se encontraba en el edificio que morábamos los hombres en la planta baja y había horas especificas para comer, horario que tenía que respetarse como parte del reglamento. Como es obvio entenderlo, las mujeres comenzaban a llegar en cuanto era la hora de las comidas.

La casa varonil había sido un edificio que los estudiantes fundadores
habían tomado para convertirla como tal, por lo que cuando yo llegué a Morelia a estudiar, tenía acaso un año que se había tomado como morada estudiantil y lucía hasta cierto punto, como una casona vieja. Apenas se estaban distribuyendo los espacios y los dormitorios se encontraban tanto en la planta alta como en la baja. Los baños y el cuarto para de baño se encontraban tambien en esta última planta. No había regadera y al bañarnos teníamos que hacerlo usando un recipiente pequeño o, como se dice, lo hacíamos a jicarazos.

Cierto día, decidí darme mi ducha diaria -aunque debo aclarar que algunas ocasiones no era muy afecto a esto – y llené dos cubetas en el algibe que está entrando a la casa.
El agua estaba helada pues yo no tenía forma de calentarla. Algunos compañeros más afortunados tenían una resistencia que enredaban en un trozo de palo de escoba, la conectaba a la energía eléctrica y la metían al recipiente lleno y así, lograban calentarla para su baño. Mi caso no era ese y tenía que hacerlo con agua fría.
Al terminar, mis dientes castañeaban y me sequé con una toalla ya desgastada, para luego colocarla alrededor de mi cintura sin ponerme nada abajo. Había que caminar todo el patio para alcanzar al otro extremo las escaleras de la planta alta donde estaba mi cuarto, así que con la toalla en la cintura me medio calcé mis zapatos y tomé mi ropa: Nunca supe que era ya la hora de inicio de la comida y empezarían a llegar las mujeres.

Cuando salí del cuarto de baño, ya a mitad del patio, vi que entraban en ese momento dos compañeras que se quedaron estáticas y avergonzadas de verme en ese aspecto. Yo estaba a mitad del patio y regresarme ya no era posible por lo que avergonzado, solo atiné a correr hacia las escaleras imaginando lo ridículo de mi aspecto: Un tonto con una toalla vieja que solamente se tapaba con ella de forma parcial dejando ver unas nalgas flacas y enfundado en un par de zapatos a medio poner. Al correr, los tacones de estos resbalaron y mi flaco cuerpo cayó pesadamente en el piso de cuadros color uva pasa y amarillos simulando un gran ajedrez. Mi toalla y mi ropa cayeron a unos dos metros de distancia y mis sentaderas quedaron totalmente expuestas. Yo intentaba alcanzar, sin lograrlo, la toalla que se resistía a llegar a mis desesperadas manos.

Terminé por abandonarla y me incorporé como impulsado por un resorte, cuidando tapar mis partes nobles que es lo que mas me importaba , y dejé también mis zapatos y mi ropa abandonados en el patio. Sin embargo, cuando creí que alcanzaría las escaleras, mi hombro derecho chocó contra la esquina de la pared y volví a caer.

Opté por irme caminando tranquilo y me fui desnudo con las burlonas y divertidas carcajadas de algunos compañeros que no habían perdido detalle. Solo recuerdo la expresión de sorpresa de la cara de las muchachas al inicio del evento pero no supe sus reacciones posteriores pues yo me preocupé mas en ponerme a salvo y cuidar mi pudor, que saber qué pasaba a mi alrededor. Todo fue tan rápido que no tuve noción de este.
Dos de mis amigos quisieron consolarme después de haberse burlado, invitándome el cine esa tarde y después de haberme ayudado a curar el raspón de mi hombro derecho que me dejó una gran cicatriz que siempre me recordará ese hecho que ahora me da risa pero que en su momento me causó vergüenza.

Tardé varios meses para poder estar frente a las compañeras y siempre tuve la sensación de que se reían de mí dotación viril que seguramente vieron empequeñecida por el frío.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: