Burbujas económicas


Quo-Enero 2011

  • Fiebre de los Tulipanes
  • La ruina de Inglaterra y Francia
  • La mina que nunca existió

La palabra burbuja aplicada a la economía se empleó por primera vez en 1720, cuando el Parlamento Británico aprobó la Bubble Act para prohibir “prácticas financieras irresponsables”. Burbujas ha habido muchas. La que estalló más fuerte fue la de Wall Street en 1929. Pero antes y después se han producido otras. Estas son las cinco más extravagantes y menos conocidas, según la historiadora Estrella Trincado.


La fiebre de los tulipanes

Quien haya visto la película Wall Street 2: el dinero nunca duerme, no olvidará la cara de bobo que se le queda al personaje de Shia LaBeouf cuando, tras haber ayudado a Gordon Gekko (Michael Douglas) en una operación especulativa ilegal, este le deja como único beneficio la estampa de un tulipán bajo la que reza una leyenda: Tulipomanía. Con este nombre se conoce al primer caso de burbuja económica de la que existe amplia información a través de varias fuentes, entre ellas el portentoso libro del escocés Charles McKay titulado Memoria de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes (1841).

Los tulipanes llegaron a Holanda en 1559, procedentes de Turquía. Lo que ocurrió fue que, por causa del llamado potyvirus del tulipán, las variedades holandesas de esta planta crecieron con formas extravagantes y multicolores, lo que las convirtió en objetos muy valiosos. De esta manera, a principios del siglo XVII los precios de esta flor comenzaron a subir de forma astronómica. Según relata McKay, el precio de un bulbo rondaba los mil florines, cuando el sueldo medio de una persona andaba por los 150.

Se conservan registros de ventas disparatadas, en las que llegaron a cambiarse lujosas mansiones por una sola flor, o de personas que invirtieron una fortuna en cosechas que aún ni siquiera habían germinado. Y se sucedían anécdotas tan grotescas como una que relata el autor escocés en su obra: “Un mercader había pagado tres mil florines por un raro tulipán Semper augustus, y este desapareció de su depósito. Tras buscarlo, encontró a un marinero que se lo estaba comiendo, ya que lo había confundido con una cebolla. El hombre fue arrestado y condenado a siete meses de prisión”.

La última gran venta de tulipanes se produjo el 5 de febrero de 1637. Los siguientes lotes de flores que salieron al mercado no encontraron compradores, y los precios comenzaron a caer drásticamente. La gente que se había hipotecado contando con los beneficios de futuras cosechas se asustó y trató de vender sus pagarés a cualquier precio. Pero el pánico ya se había desatado y los tulipanes se convirtieron en sinónimo de quiebra.

Hay que matizar que no todos los historiadores creen que la tulipomanía golpeara a la economía holandesa de una forma tan global. Por ejemplo, Doug French, economista y director del Ludwig von Misses Institute, opina en su estudio La economía holandesa en la época de la tulipomanía que la crisis solo afectó a las clases más pudientes, que habían invertido en aquellas flores igual que otros lo hacían en obras de arte; pero que el resto de la población apenas se resintió.
Sea como fuere, lo cierto es que en otras partes de Europa iban a producirse pronto fenómenos similares.


La ruina de Inglaterra y Francia

En 1717, la ciudad de Londres vio cómo despuntaba un personaje cuyo nombre sería recordado de forma funesta. Se trataba de Robert Harley, director de la Compañía de los Mares del Sur, quien, a cambio de comprarle al Tesoro británico bonos por valor de diez millones de libras, consiguió que la Corona le concediera el monopolio del tráfico de esclavos con las colonias españolas de América.

Parecía un negocio seguro pero, contra todo pronóstico, las operaciones comerciales de Harley en territorio americano no dieron los beneficios esperados. Lejos de decir la verdad, el político y empresario propagó a los cuatro vientos que la compañía marchaba viento en popa y, para respaldar su afirmación, en 1720 gastó otros diez millones de libras en comprar más bonos del Tesoro. Este gesto atrajo a los inversores, con lo que consiguió que la cotización de las acciones pasara de las 120 libras que valían en enero de ese mismo año hasta las 1.000 que llegaron a costar en agosto.

De esta manera, lo que se inició como una empresa comercial se transformó en un mero negocio especulativo. Pero en 1721, el fraude quedó al descubierto: una inspección demostró que las operaciones comerciales de la compañía eran prácticamente inexistentes, y el precio de las acciones se desplomó y provocó pérdidas económicas a centenares de ciudadanos. Entre ellos, el mismísimo Isaac Newton, quien perdió veinte mil libras con este negocio. Eso le llevó a decir: “Puedo predecir el movimiento de los planetas, pero no la locura y la codicia de las gentes”. El escándalo fue mayúsculo, y el Parlamento tuvo que dimitir en pleno. Lo sustituyó temporalmente una comisión. Los directivos de la Compañía de los Mares del Sur fueron encarcelados y desposeídos de sus bienes.

Casi al mismo tiempo que en Inglaterra se vivían aquellos acontecimientos, en Francia se padecía un situación similar. El protagonista en este caso fue John Law, un jugador escocés bien relacionado con la alta sociedad europea que llegó a París en 1715. Gracias a sus contactos, tuvo acceso a la corte de Luis XV, monarca que en aquellos momentos se enfrentaba a un trago nada placentero: la tercera bancarrota consecutiva de su país. Law le propuso al soberano una idea por aquel entonces audaz: crear un banco que absorbiera la deuda de la corona.

Así, en 1716, el aventurero obtuvo permiso del soberano para abrir el Banco Central, con un capital inicial de seis millones de libras francesas ofertados en 1.200 acciones al precio de cinco mil libras cada una. En aquella época circulaban por Francia dos tipos de monedas: las libras de plata y los llamados billets d’État, que eran los pagarés que los acreedores exhibían ante el soberano. Estos billetes podían (por decreto real) ser utilizados como moneda de curso legal (para pagar una comida, comprar un traje…) pero encerraban una curiosa trampa.

Como nadie se fiaba de que el rey pudiera pagar sus deudas, los comerciantes solo los aceptaban devaluando su cuantía a un 40% de su valor nominal. La jugada maestra de John Law consistió en prometer que él los valoraría al 100% si se utilizaban para comprar sus acciones. Así, todos los que tenían deudas con la corona prefirieron invertir sus pagarés en comprar acciones del banco de Law. El escocés alivió la deuda del rey en doce millones de libras y consiguió, de paso, que el valor de sus acciones se disparara.

Logró, además, que le concedieran el monopolio para explotar Louisiana, colonia francesa en el continente americano. En realidad se trataba de un territorio insalubre y pobre en recursos valiosos, pero Law hizo correr rumores de que allí había oro y plata. La noticia despertó el interés de los inversores, y Law aprovechó para lanzar más y más acciones (aunque ahora ya no tenía detrás un capital que respaldara su valor).

Para dar más credibilidad a su tenderete, reclutó a un numeroso grupo de indigentes, a los que envió a Lousiana a formar la primera colonia. La mayoría murió por las enfermedades y a manos de indios hostiles, pero en París nadie se enteró. Al contrario, delante de la casa de Law se formó una especie de mercado en el que la gente compraba, vendía y revendía las acciones de su compañía. El circo financiero era tan grotesco que Jean-Louis Barbier, un abogado de la época, relató en su biografía, Le journal du Barbier, que una joven fingió un desmayo delante de Law y que cuando este la cogió en sus brazos, ella le confesó que todo había sido una estratagema para acercarse a él, audacia que el escocés recompensó regalándole un paquete de acciones.

Pero en 1721 estalló la catástrofe. Un rival de John Law se presentó en su banco con varios millones en acciones y le exigió que le entregara el importe de dichos títulos en monedas de plata. El prestamista no disponía de tal cantidad, y los rumores sobre la “fiabilidad” de su negocio comenzaron a correr. Además, los supervivientes de la colonia de Louisiana regresaron a Francia y contaron que aquello era un infierno, que allí no había ni oro ni nada.

París estalló en cólera: hubo tumultos en las calles y se produjeron varias muertes. El rey se vio obligado a confiscar las propiedades de su amigo Law y a condenarle al destierro. El aventurero murió pocos años después en Venecia, y en su epitafio alguien escribió: “Aquí yace un escocés célebre, un calculador sin igual que, con las reglas del álgebra, ha puesto a Francia en el hospital”.


La mina que nunca existió

Cada nuevo descubrimiento o innovación tecnológica parecía generar una nueva burbuja. Así sucedió en la década de 1840 en Gran Bretaña con la llamada Railwaymania (fiebre de los ferrocarriles). La aparición de las primeras líneas ferroviarias se convirtió en un próspero negocio, y sus acciones cotizaban al alza en la Bolsa. El furor hizo que surgieran otras muchas que, a diferencia de las originales, no tenían la solvencia ni las infraestructuras necesarias. Cuando algunos inversores descubrieron que muchas de estas compañías en vez de un negocio real estaban construyendo castillos en el aire, retiraron sus inversiones del mercado de los ferrocarriles: provocaron el desmoronamiento financiero del sector y la ruina de quienes no estuvieron atentos para vender a tiempo. Una hecatombe, aunque poca cosa comparada con lo que sucedió mucho después en la Nueva York de 1929.

Evidentemente, dicha fecha simboliza en la mente de todos el crack económico y bursátil por excelencia, hasta el punto de que cada nueva crisis es comparada con ella. Porque no fue la última. Posteriormente ha habido otros numerosos casos de burbujas. Algunos de sobra conocidos. Otros, no tanto.

Uno de los más extravagantes fue el “pinchazo” de la mina Bre-X, considerado el mayor escándalo de la historia de la industria aurífera. En 1995, un bróker llamado David Walsh fundo en Canadá una pequeña compañía minera. Pero tuvo también la ocurrencia de inventarse, en complicidad con un geólogo llamado Miguel de Guzmán, el descubrimiento en Indonesia de un yacimiento que atesoraba alrededor de 6.500 toneladas de oro, el equivalente al 8% de las reservas mundiales del metal. Paradójicamente, nadie se tomó las molestias de comprobar si el hallazgo era cierto, pero el caso es que el valor de la empresa subió hasta los seis mil millones de dólares. La euforia atrajo a todo tipo de inversores, incluidos los gobiernos de Canadá e Indonesia. Pero en 1997 se destapó el fraude. Una investigación demostró que en aquel yacimiento había menos oro que en una dentadura postiza, y las acciones de la compañía se desplomaron un 97% en ¡solo diez minutos!

La historia acabó trágicamente, porque el geólogo Guzmán apareció asesinado y Walsh huyó a las Bahamas, donde murió meses después de un fallo cardíaco. Mientras tanto, los casos de ruina se multiplicaban. Muchísimas empresas canadienses y ahorradores particulares habían capitalizado sus planes de pensiones en acciones de la compañía. Todos ellos sufrieron pérdidas irreparables, que provocaron una desconfianza hacia el sector del oro que causó un desplome del veinte por ciento del valor de este metal.

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